Jesús conocía muy bien
las monedas de su tiempo, y tam-bién su valor. Los Evangelios
nos cuentan que sabía cuánto era el sueldo de un obrero
(Mt 20,2-14), el precio de una habitación de hotel (Lc 10,35),
el castigo de prisión por deudas (Mt 5,25-26), el monto de
los impuestos (Lc 20,24), o el pago del arancel al Templo (Mt 17,27).
Conocía incluso la institución bancaria, como se ve
en una de sus parábolas en la que reprocha a un servidor
el no haber puesto el dinero en un banco para re-tirarlo después
con intereses (Mt 25,27).
Pero ¿cuáles son las monedas que alcanzó a
conocer Jesús?
Durante siglos, la humanidad compró, vendió y comerció
sin dinero. ¿Cómo lo hacía? Mediante el sistema
de trueque, es decir, cambiando una mercadería por otra.
Pero era una operación incómoda, y a veces muy difícil.
Porque para que hubiera trueque eran necesarias tres cosas: a) que
uno quisiera un bien del otro; b) que el otro quisiera el bien de
uno; c) que ambos fueran del mismo valor.
Por eso, para salvar estos inconvenientes, poco a poco la gente
fue acordando en atri-buir valor a ciertos objetos, que después
cambiaba por lo que quería. Estos bienes fueron muy variados
a los largo de los siglos: el tabaco, la cerveza, el aceite, el
vino, la sal, e incluso las mujeres. Pero entre todos estos bienes,
fueron prevaleciendo los metales, por la facilidad de su transporte,
de su conservación, y de dividirlos sin inconvenientes.
El primer comprador
En los libros más antiguos de la Biblia no se menciona ninguna
moneda. ¿Con qué se pagaba, entonces? Con diversos
artículos, especialmente el oro y la plata, que se calculaban
según su peso.
El primer personaje bíblico que aparece haciendo una compra
y pagando por ella es Abraham, el día que murió su
esposa, Sara. Adquirió un te-rreno para poder sepultarla,
y pagó por él a Efrén, el hitita, 400 siclos
de plata (Gn 23,14). El siclo (en hebreo shékel, del verbo
shakál = pesar, pagar) era la unidad de peso, y equivalía
a unos 12 gramos. O sea que, por el terreno, Abraham pagó
casi 5 kilos de plata.
Otra medida antigua de peso, empleada en la Biblia, es la mina.
Equivalía a 60 siclos, y por lo tanto pesaba unos 720 gramos.
Así, por ejemplo, cuando los judíos regresaron del
destierro de Babilonia, un grupo de repatriados donó, para
reconstruir el Templo, 5000 minas de plata (o sea, 3600 kilos de
ese metal), lo que muestra cómo se habían enriquecido
los judíos en Babilonia.
Una tercera medida de peso era el talento, que equivalía
a 60 minas, o sea, a 43 kilos. En la Biblia, el rey Ezequías
de Jerusalén, cuando fue invadido por los asirios, debió
pagar al rey Senaquerib 300 talentos de plata y 30 talentos de oro
(2 Re 18,14), o sea, 12.900 kilos de plata y 1290 kilos de oro.
Este método de pagar las compras con metales u otros artículos
tampoco era sencillo, porque una vez terminadas las ventas, no era
fácil acarrear tales pesos.
Un invento redondo
Pero en el siglo VII a.C., este inconveniente fue superado gracias
a la invención de la moneda. Un rey llamado Giges, de Lidia
(actual Turquía), tuvo la genial idea de hacer fundir el
metal en pequeñas piezas, con la constancia de su peso o
cuño. Como su reino era muy rico, y con muchas minas de oro,
sus metalúrgicos pudieron darle con el gusto. Alrededor del
año 680 a.C. nacieron las primeras mo-nedas de la historia,
en la ciudad de Sardes, capital del reino de Lidia. Eran de un metal
llamado electrón (mezcla de oro y plata) y tenían
impresa de un solo lado la cara de un león.
El éxito de la moneda fue extraordinario. Y cien años
más tarde, hacia 550 a.C., otro rey de Lidia llamado Creso
emitió una nueva moneda, el estátero, la primera del
mundo en llevar impreso un sello real. Era de oro puro, y tenía
de un lado un león rugiente, y del otro la mencionada marca
del rey.
En el año 546 a.C. los per-sas invadieron el reino de Li-dia,
y se encontraron con las monedas. Entonces también ellos
decidieron fabricarlas. El primer rey persa que las acuñó
fue Darío I el Grande, hacia el 510 a.C., y las llamó
dárico en honor a su nombre. Eran de oro, pesaban 7 gramos,
y tenían de un lado la figura del rey con un arco y del otro
el sello real. Darío impuso su sistema monetario en todo
el imperio. Y como Palestina pertenecía al imperio persa
(desde el 589 a.C.), estas monedas fueron las primeras que circularon
en Palestina.
Así, la primera moneda mencionada en la Biblia es el dárico.
Aparece en el libro de las Crónicas, cuando el rey David
recibe de los israelitas, como donación para el Templo, 10.000
dáricos (1 Cro 29,7). Claro que es un anacronismo; en la
época del rey David (siglo X a.C.) no existía el dárico,
ni se había inventado siquiera la moneda. Pero como el autor
del libro de las Crónicas, que escribe hacia el año
300 a.C., es la única mo-neda que conoce, la menciona aquí.
En el 332 a.C. los griegos invadieron Palestina. Y a partir de esa
fecha comenzaron a circular las monedas griegas. La base de este
sistema monetario era la dracma. Le seguían, con mayor valor,
el didracma (2 dracmas) y el estáter (4 dracmas). De menor
valor eran el óbolo (1/6 de dracma) y el calco (l/8 del óbolo).
Las siete monedas evangélicas
En el año 63 a.C. Palestina fue conquistada por Roma. En-tonces
empezaron a circular también las monedas romanas. La principal
era el denario. Le seguían el sextercio (1/4 de denario),
el dipondio (1/8), el as (1/16), el semis (1/32), el cuadrante (1/64)
y el leptón (1/128).
Finalmente, algunos gober-nantes judíos emitieron tam-bién
monedas. El primero en hacerlo fue Juan Hircano I (134-104 a.C.),
alrededor del año 110 a.C. Luego lo hizo su sucesor, Alejandro
Janeo (103-76 a.C.). A él se le ocurrió escribir en
ellas “Jonatán Rey”, con lo que fue el primer
monarca de la historia de Israel cuyo nombre figuró en una
moneda.
O sea que en la época de Je-sús circulaban en Palestina
principalmente tres clases de monedas: las romanas (imperia-les),
las griegas (provinciales) y las judías (locales, fabricadas
en Cesarea). De todas ellas, el Nuevo Testamento menciona únicamente
siete, de las cuales tres son griegas (la dracma, el didracma y
el estáter) y cuatro romanas (el denario, el as, el cuadrante
y el leptón).
La boca del pescado
Las tres monedas griegas figuran muy poco en los Evangelios.
La dracma aparece sólo en la parábola de la mujer
que tenía 10 dracmas y pierde una (Lc 15,8-10). No era difícil
perder una moneda en una casa de campesinos; éstas eran oscu-ras,
sin ventanas, y con un piso de tierra irregular; si una moneda se
caía al suelo, no era sencillo poder hallarla. Por eso la
mujer de la parábola tuvo que “encender una lámpara,
barrer la casa, buscar cuidadosamente”, para encontrarla (v.8).
Además, 10 dracmas era lo que una muchacha solía llevar
prendido como adorno en su velo nupcial el día de su boda.
Las jóvenes ahorraban por años para poder juntarlas;
y una vez casadas las guardaban como hoy alguien haría con
su anillo de bodas. Quizás fue una de estas mone-das la que
perdió la mujer. Así se explica su desesperación
por encontrarla.
También el didracma y el es-táter se mencionan una
sola vez, en el mismo episodio: cuando las autoridades religiosas
preguntan a Pedro si Jesús pagaba el impuesto al Templo,
que era de un didracma (Mt 17,24-27). Quizás sospechaban
que el Maestro se negaba a hacerlo. Pero Pedro respondió
que sí lo pagaba. Y cuando Pedro llegó su casa a buscar
el dinero y pagar por Jesús, éste se adelantó
y le dijo: “¿Qué te parece Simón, a quién
cobran impuestos los reyes, a sus hijos o a los ex-traños?”
Pedro contestó: “A los extraños”. Jesús
le dijo: “O sea que los hijos están libres. Pero para
que no escandalicemos, ve al mar, echa el anzuelo, y al primer pez
que saques ábrele la boca; hallarás allí un
estáter (que valía 2 didracmas); con él paga
por mí y por ti”.
A cada uno un denario
De las cuatro monedas romanas, la que más veces se menciona
es el denario. Aparece en la parábola de los trabajadores
de la viña, que cuenta cómo un hombre contrató
a un grupo de obreros para trabajar en su campo, y acordó
en pagar a cada uno un denario (Mt 20,1-16). Pero a la hora de cobrar,
algunos pretendieron más paga, a lo que el dueño de
la viña se negó, mostrándonos que para Dios
todos los servicios hechos con amor tiene el mismo valor. Gracias
a esta parábola, sabemos que el denario era el salario de
un día de trabajo de un obrero.
También aparece en la primera multiplicación de los
panes, cuando Jesús pide a sus discípulos que den
de comer a la gente, y éstos responden que necesitan unos
200 denarios para alimentar a los 5.000 hombres con sus mujeres
y niños (Mc 6,37; Jn 6,7).
El denario vuelve a mencionarse en la parábola de los dos
deudores, en la que uno debía 500 denarios y el otro 50,
y ambos son perdonados por su acreedor (Lc 7,41). Asimismo figura
en la parábola del buen samaritano, donde el samaritano paga
al dueño de la posada 2 denarios para que el posadero cuide
del herido (Lc 10,35). Algunos piensan que 2 denarios, en aquel
tiempo, podían haber servido para pagar un mes de alojamiento,
comida y atención de una persona. Si es así, los 2
denarios no son un simple detalle en la historia sino una clave
de lectura: muestra hasta dónde llegó el amor y la
compasión del buen samaritano por el desconocido que encontró
tirado en el camino a Jericó.
El César y su moneda
El denario es también la moneda que los fariseos le mostraron
a Jesús, cuando quisieron tenderle una trampa y le preguntaron
si era lícito o no pagar el impuesto a Roma (Mc 12,15). El
denario tenía de un lado la imagen del emperador Tiberio,
con la inscripción “Tiberio César Augusto hijo
del divino Augusto”, y del otro la figura de la diosa Paz
sentada. Cuando se la enseñaron, Jesús les preguntó.
“¿De quién es la imagen y la inscripción?”
Le respondieron: “Del César”. Él entonces
dijo su famosa frase: “Den al César lo que es del César,
y a Dios lo que es de Dios”.
Finalmente, poco antes de su pasión, durante una cena en
Betania una mujer derramó perfume muy caro sobre la cabeza
de Jesús, y los presentes la criticaron diciendo que se podía
haber vendido por 300 denarios y dar el dinero a los pobres (Mc
14,5). Si vimos que con 200 denarios podía darse de comer
a 5.000 hombres, el valor de este perfume alcanzaba para pagar una
cena... ¡a 7.500 personas! Aquella mujer se lo dio a Jesús
justamente porque era lo más valioso que tenía.
Los pajaritos del mercado
La segunda moneda romana que se menciona es el as. Equivalía
a una 16ª parte del denario. Sólo aparece en un sermón
de Jesús, cuando enseña a sus discípulos a
confiar en la providencia, y les dice: “¿No se venden
acaso dos pajaritos por un as? Y ni uno solo de ellos cae por tierra
sin el Padre” (Mt 10,29). El Evangelio de Lucas transmite
esta frase de una manera diferente: “¿No se venden
cinco pajaritos por dos ases? Y Dios no se olvida de ninguno de
ellos” (Lc 12,6). O sea, el precio era de dos pajaritos por
un as; pero si el comprador pagaba dos ases, en vez de cuatro le
daban cinco pajaritos; el quinto iba de regalo. ¡Cómo
será de grande el amor de Dios que cuida incluso del pajarito
gratis, aquél que va de regalo, aquél que según
las cuentas humanas no tiene valor alguno!
La tercera moneda romana nombrada es el cuadrante. Valía
una 64ª parte del denario. Se la cita en el sermón de
la montaña, cuando Jesús dice: “Ponte de acuerdo
con tu enemigo rápido, mientras caminas a su lado; no sea
que él te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan
en la cárcel; de allí no saldrás hasta que
pagues el último cuadrante” (Mt 5,26). Se trata de
un consejo muy práctico: recomienda evitar problemas mayores,
solucionándolos cuando aún son pequeños. A
veces por no haberlos arreglado a tiempo, hemos tenido que pagar
un alto precio (el último cuadrante).
Finalmente está el leptón, la más insignificante
de las monedas romanas: valía una 128ª parte del denario.
Aparece en la escena de la pobre viuda, que al dar limosna en el
Templo puso en la alcancía dos leptones (Mc 12,42; Lc 21,2).
Nadie lo notó. Sólo Jesús. Y se los dijo a
sus discípulos: la viuda dio más que todos los ricos,
porque éstos dieron lo que les sobraba, en cambio ella dio
lo que le hacía falta para vivir. La moneda menos importante
se convirtió, para Jesús, en la más valiosa
de todas.
Transportada por un ejército
Finalmente, en la época de Jesús había dos
“monedas” que, aunque no estaban acuñadas y no
existían realmente, se las empleaba de manera teórica
o simbólica para indicar grandes cantidades de dinero.
Una era el talento, palabra que aludía a la antigua medida
de peso. Se la usaba para indicar 6.000 denarios. (Más o
menos como cuando nosotros decimos “un palo” para referirnos
a 1.000.000 de pesos).
El talento aparece dos veces en los Evangelios. La primera, en la
parábola del rey que perdona a su siervo 10.000 talentos,
y después éste no quiere perdonar a un compañero
100 denarios (Mt 25,14-30). El centro de la parábola es la
comparación entre ambas monedas. Los 10.000 talentos (unos
60 millones de denarios), eran una suma increíble, jamás
vista por judío alguno, y superior al presupuesto de toda
la provincia de Judea. En cambio la deuda del compañero,
100 denarios, era ínfima: un quinientosmilavo de la suya.
Si se hubiera querido pagar ambas deudas, la de 100 denarios se
podría haber llevado en el bolsillo. En cambio la de 10.000
talentos tendría que haber sido transportada por unas 8.600
personas, cada una con una bolsa de monedas de unos 30 kilos de
peso, que marchando a un metro de distancia habrían formado
una fila de casi 9 kilómetros. El contraste entre ambas deudas
es apabullante. Con lo cual Jesús enseñó que
si Dios ha perdonado nuestra deuda, más enorme que los 10.000
talentos, también nosotros debemos perdonar a nuestros hermanos.
La segunda mención está en la parábola de los
talentos (Mt 25,14-30), en la que un propietario antes de viajar
entrega a uno de sus servidores 5 talentos, a otro 2 y a otro uno,
según su capacidad. De esta parábola deriva la actual
palabra “talento”, que ya no significa “moneda”
sino “capacidad o aptitud para hacer algo”, porque se
interpretó que estos talentos dejados por el propietario
simbolizan las diversas capacidades dadas por Dios a los hombres.
La otra “moneda” usada para expresar grandes cantidades
era la mina. Equivalía a 100 dracmas, y sólo aparece
en la versión de Lucas de la parábola de los talentos
(Lc 19,13-25). Como los lectores de Mateo eran de un nivel social
más bien próspero y acomodado, éste no tuvo
problemas de mencionar al exorbitante talento. Pero como Lucas escribe
para lectores más bien pobres, prefirió cambiar la
moneda por la más modesta mina.
* Sacerdote, Doctor
en Teología Bíblica, Profesor de Teología en
la Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina)