Laguna que desacredita
De vez en cuando se oye hablar de los famosos “libros perdidos”
de la Biblia. Son un conjunto de escritos que, al parecer, existían
antes de que ésta se compusiera, y en los que se basaron
los autores bíblicos para redactar sus obras.
Sabemos de la existencia de estos libros porque la misma Biblia
los menciona. Pero hoy lamentablemente han desaparecido, y resulta
imposible saber qué es lo que decían. Esta situación
es aprovechada por algunos grupos esotéricos, que especulan
con que tales libros escondían informa-ción sobre
civilizaciones secretas, ciudades misteriosas y culturas fan-tásticas,
información que hoy, según dicen, puede descubrirse
oculta en el trasfondo de los relatos bíblicos. Otros, en
cambio, se valen de es-tos “libros perdidos” para desacreditar
la Biblia; como es el caso de Orson Pratt, uno de los fundadores
de los mormones, que en 1852 denun-ciaba que la Escritura “no
contiene la verdad completa, porque varios de sus antiguos libros
sagrados se han extraviado”.
¿Existieron estos “libros perdidos”? Probablemente
sí. El Antiguo Testamento menciona 19 de ellos, en un total
de 50 citas bíblicas. Vea-mos cuáles eran, y qué
es lo que decían.
Cuando Dios cruza el río
El primero de los mencionados, y más antiguo de todos, es
el llama-do Las Guerras de Yahvé (Nm 21,14). Es el único
que figura en el Penta-teuco. Dice la Biblia que cuando los israelitas
marchaban por el desier-to hacia la Tierra Prometida, mientras recorrían
el territorio al este del mar Muerto, cruzaron el río Arnón.
Éste señalaba el límite interna-cional del
país de Moab, enemigo de Israel, de modo que los hebreos
atravesaban el vado preocupados y con miedo. Y añade el texto:
“Por eso se cuenta en el libro de Las Guerras de Yahvé:
«El Protector (es decir, Yahvé) se presentó
en la tormenta. Sí, Él ha venido al valle del Arnón.
Él desfiló, él se puso al lado de la región
de Ar, se instaló en la frontera de Moab»”.
Al contar el cruce del río, el autor bíblico se acordó
de este an-tiguo poema y lo citó, para enseñar cómo
Dios está siempre al lado de su pueblo cuando éste
debe enfrentar situaciones de riesgo o de peligro.
El “libro” de Las Guerras de Yahvé sería,
pues, una antigua colec-ción de poemas, sobre diversas batallas
de los israelitas contra sus enemigos, que proclamaban cómo
Yahvé había luchado al lado de ellos. También
sería la fuente de otros poemas que aparecen en la Biblia,
como la Canción del Mar (en Ex 15,1-18), la Canción
de Miriam (en Ex 15,21), la Canción de Moisés (en
Dt 32) y la Canción de Débora (en Jue 5).
Para un amigo muerto
En las obras que siguen al Pentateuco, conocidas como la Historia
Deuteronomista (Josué, Jueces, 1º y 2º Samuel,
1º y 2º Reyes), se citan otros cuatro libros perdidos.
El primero es El Libro de Yashar (o Libro del Justo, porque yashar
en hebreo significa “justo”). Se lo menciona tres veces.
La primera, en el famoso relato de la batalla de Gabaón,
cuando el general Josué, luchando contra una coalición
de cinco ejércitos amo-rreos, logró detener el sol
en medio del cielo con la ayuda divina, y así pudo derrotar
a sus enemigos a plena luz del día. Dice la Biblia: “Y
esto está esto escrito en el Libro de Yashar” (Jos
10,12-13).
La segunda mención, es el conmovedor lamento de David sobre
la muerte del rey Saúl y su hijo Jonatán (en 2 Sm
1,19-27). Según la Bi-blia, el joven David era íntimo
amigo de Jonatán, y su muerte, ocurrida durante la batalla
de Gelboé, lo llevó a componer un largo y emotivo
poema, que el autor bíblico dice haberlo tomado del Libro
de Yashar.
La tercera y última cita, en realidad no aparece en la Biblia
hebrea sino en su antigua traducción griega, llamada la versión
de La Setenta. Se trata de un poema atribuido al rey Salomón.
Cuando este mo-narca inauguró el Templo de Jerusalén,
pronunció una breve oración: “Tú, Yahve,
has dicho que vives en la oscuridad; pero yo te he construido un
Templo para que vivas, un lugar donde habites para siempre”
(1 Re 8,12-13). La Setenta asegura que este poema está tomado
del Libro de Yashar.
Vemos, pues, que el Libro de Yashar, a diferencia de Las Guerras
de Yahvé, no se relacionaba con batallas israelitas sino
con personajes de su historia. De hecho, los tres poemas antes citados
hacen alusión a tres grandes héroes (Josué,
David y Salomón). Por eso se llamaba el Li-bro de Yashar
(o del Justo): porque contenía poemas vinculados a perso-najes
considerados justos o virtuosos en Israel.
La memoria de los reyes
El segundo libro perdido que aparece en la Historia Deuteronomista
es el de Los Hechos de Salomón. Después de relatar
los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar durante
su reinado, el autor bíblico termina diciendo: “El
resto de los hechos de Salomón, todo lo que hizo y su sabiduría,
¿no está escrito en el libro de Los Hechos de Salomón?”
(1 Re 11,41). El historiador bíblico da a entender que se
trata de un libro que guardaba los registros oficiales del rey,
y que se hallaba en los archivos del palacio de Jerusalén.
Supuestamente en ella se basó para componer su relato sobre
Salomón, que aparece en 1 Re 3-11.
El tercer libro mencionado es el de Las Crónicas de los Reyes
de Israel. Es el texto perdido más nombrado de todos. La
Biblia lo cita 18 veces. La primera vez que aparece es al final
de la vida del rey Jero-boam. Al contar su muerte y sepultura, dice
el autor sagrado: “El resto de los hechos de Jeroboam, cómo
guerreó y cómo reinó, están escritos
en el libro de Las Crónicas de los Reyes de Israel”
(1 Re 14,19). Y a par-tir de aquí, lo mencionará 17
veces más cada vez que termine de contar la historia de un
rey de Israel, empleando la misma fórmula. O sea que esas
Crónicas fueron la fuente que él empleó para
escribir la historia de la monarquía del norte.
El cuarto y último libro perdido, que aparece en esta colección
histórica, es el de Las Crónicas de los Reyes de Judá.
Figura mencionado 15 veces. La primera es al final de la vida del
rey Roboam: “El resto de los hechos de Roboam, todo cuanto
hizo, ¿no está escrito en el libro de Las Crónicas
de los Reyes de Judá?” (1 Re 14,29). Y a partir de
aquí, el autor la usará cada vez que termine la historia
de algún monarca del re-ino del sur.
Textos hechos de otros textos
Si seguimos buscando, veremos que también se mencionan libros
per-didos en la llamada Historia Cronista (formada por las Crónicas,
Esdras y Nehemías).
Para componer esta Historia Cronista, los autores tuvieron que re-currir
a numerosos textos escritos anteriormente, que les sirvieron de
fuente. Algunos de ellos los conocemos, porque terminaron dentro
de la Biblia, como el Libro de los Reyes (2 Cro 20,34), o el Libro
de Isaías (2 Cro 32,32). Pero hay otros que se han perdido.
Estos escritos desapa-recidos, mencionados en la Historia Cronista,
son 12:
1) Los Hechos del vidente Samuel (1 Cro 29,29). De aquí se
tomaron los datos para escribir la historia del rey David;
2) Los Hechos del profeta Natán (1 Cro 29,29; 2 Cro 9,29).
Propor-cionó nueva información sobre el rey David,
y también sobre su hijo Sa-lomón, el rey más
sabio de Israel;
3) Los Hechos del vidente Gad (1 Cro 29,29). Sirvió como
tercera fuente para escribir los detalles sobre el rey David;
4) Las Profecías de Ajías de Silo (2 Cro 9,29). Contenía
más noti-cias y referencias acerca del rey Salomón;
5) Las Visiones del vidente Idó (2 Cro 9,29; 2 Cro 12,15).
Aportó nuevos detalles de la vida de Salomón, y también
de los reyes Jeroboam (de Samaria) y Roboam (de Jerusalén).
Sigue la Historia Cronista
6) Los Hechos del profeta Shemaías (2 Cro 12,15). De él,
los auto-res bíblicos sacaron información para completar
la historia del rey Ro-boam;
7) Comentario del profeta Idó (2 Cro 13,22). Incluía
datos y refe-rencias al rey Abías, famoso por sus dotes de
orador, y por haber tenido 14 esposas y 38 hijos;
8) Comentario del libro de los Reyes (2 Cro 24,27). Aunque tiene
el mismo nombre, no es nuestro actual “Libro de los Reyes”,
sino un Comen-tario sobre él, que circulaba. En este libro,
el autor habría encontrado información sobre el rey
Joás, quien subió al trono a los 7 años, gra-cias
a una revuelta de los sacerdotes de Jerusalén;
9) La Historia de Ozías, escrita por Isaías (2 Cro
26,22). Era una crónica, atribuida a Isaías, sobre
la vida del rey leproso Ozías, a quien tuvieron que llevarlo
a vivir en una casa aislada, fuera del pala-cio real, para que no
contagiara al resto de la corte;
10) Los Hechos de Jozay (2 Cro 33,19). Jozay es un profeta descono-cido,
nunca mencionado en la Biblia, y a quien se le atribuía una
peque-ña obrita que contaba episodios del malvado rey Manasés
de Jerusalén, quien durante su gobierno introdujo en Judá
el culto a los astros, fo-mentó el horóscopo, construyó
altares paganos, y hasta mandó a matar a su hijo para honrar
al dios extranjero Molok;
11) Las Lamentaciones (2 Cro 35,25). No es el actual libro de “Las
Lamentaciones”. Aquél otro contenía una serie
de elegías compuestas por diversas circunstancias luctuosas,
entre ellas, por la muerte de Josías, uno de los reyes más
venerados de Jerusalén.
12) El Libro de las Crónicas (Neh 12,23). No se trata de
nuestro actual libro de las Crónicas. Más bien era
una lista de nombres, y no una obra narrativa, porque la Biblia
se refiere a él diciendo: “Los je-fes de familia fueron
anotados en el libro de las Crónicas”.
La cueva de Jeremías
Finalmente, en los libros de Los Macabeos se mencionan los dos úl-timos
libros perdidos de la Biblia.
El primero es Las Memorias de Nehemías (2 Mac 2,13). Allí
se conta-ba cómo, cuando los babilonios destruyeron el Templo
de Jerusalén, el profeta Jeremías logró salvar
el arca de la Alianza y esconderla en una cueva de las montañas
de Transjordania. También contaba que Nehemías había
fundado en Jerusalén una biblioteca con textos importantes
del ju-daísmo.
El segundo es Las Cartas de los Reyes sobre las Ofrendas (2 Mac
2,13), una antigua colección de cartas de los reyes persas
a los judíos de Jerusalén, con directivas sobre cómo
debían celebrar sus prácticas religiosas en el Templo.
¿Comedia griega en la Biblia?
Estos son los famosos 19 “libros perdidos” de la Biblia.
Resulta difícil saber si eran “libros” en el
sentido moderno de la palabra, o simplemente colecciones orales,
y transmitidas de generación en generación por los
mismos israelitas.
Pero aún cuando hubieran sido verdaderos libros, el hecho
de que la Biblia los mencione o cite parte de ellos, no significa
que automática-mente hayan estado inspirados por Dios, y
que debían formar parte de la Biblia.
Eso lo vemos, por ejemplo, en el último libro arriba mencionado,
Las Cartas de los Reyes sobre las Ofrendas. Éste contenía
la correspon-dencia enviada a Jerusalén por los reyes de
Persia, cuando los israeli-tas dependían de ellos. Era, pues,
una obra de autores paganos, y mal puede decirse que constituía
un libro para incluir en la Biblia.
Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento. San Pablo, en el discurso
que pronunció en el areópago de Atenas (Hch 17,28),
cita el libro Fenó-menos, del poeta griego Arato (del siglo
III a.C.). También en su carta a los Corintios (1 Cor 15,33)
menciona la famosa comedia Tais, del es-critor ateniense Menandro
(siglo IV a.C.). Y la carta a Tito (Tt 1,12) hace referencia a los
Oráculos, del poeta cretense Epiménides (siglo VI
a.C.). Y eso no significa que la filosofía estoica, o la
comedia griega, o la poesía cretense, deban ser incluidas
en la Biblia.
Salvando párrafos
Asimismo, si san Lucas menciona que el gobernador Festo escribió
una carta al emperador romano acusando a san Pablo de criminal (Hch
25,26), no por eso hay que ir a buscar esa carta para incluirla
entre las epístolas del Nuevo Testamento.
Cuando la Biblia cita un libro antiguo, no es para canonizarlo,
ni porque reconozca en él una inspiración divina,
sino simplemente para re-ferir una idea que en él había,
nada más. Otras veces lo hace para con-tarnos de dónde
tomó el autor el material de su obra. Así, quien compuso
el 2º Libro de Los Macabeos nos cuenta que hizo un resumen
de una obra mucho más amplia, en cinco volúmenes,
escrita por Jasón de Cirene (2 Mac 2,23). Los cinco libros
de Jasón se perdieron, pero su resumen ha queda-do en la
Biblia, y ese resumen se considera inspirado.
Si los autores bíblicos hubiesen pensado que los libros que
mencio-naban, así como estaban, eran sagrados, se habrían
ocupado en conservar-los completos. Pero el hecho de que tomaran
sólo algunas frases o párra-fos de ellos, muestra
que únicamente consideraron importantes esas sec-ciones,
y no todo el libro. Pero una vez que esas frases o párrafos
pa-saron a la Biblia, ya se consideran inspirados por Dios, porque
pasaron a formar parte de un nuevo contexto que sí está
inspirado.
No pasaron los criterios
En segundo lugar, quien estableció qué libros del
Antiguo Testamen-to pertenecen a la Biblia es la Iglesia, inspirada
por el Espíritu San-to. Y para tomar tal decisión,
la Iglesia se basó en ciertos criterios, como ser: a) el
empleo de esos libros por la comunidad hebrea; b) el uso posterior
de esos libros por los apóstoles y los primeros cristianos;
c) el empleo de esos libros en la Iglesia primitiva.
Ahora bien, si analizamos estos criterios, veremos que ninguno se
aplica a los 19 libros “perdidos”. Porque: a) éstos
desaparecieron pron-to, y la comunidad hebrea antigua no los consideró
parte de sus escritu-ras sagradas; b) en la época de Jesús
ya no existían, y por lo tanto los apóstoles no parecen
haberlos conocido, ni haberlos usado; c) la Iglesia primitiva posterior
tampoco alcanzó a leerlos ni los empleó como expre-sión
de su fe.
En consecuencia, ninguno de los 19 libros perdidos ha sido nunca
un libro “bíblico”. Y el hecho de que se hayan
perdido, no significa que dejaron incompleta a la Biblia.
Sólo una cosa falta
La Biblia, así como la tenemos hoy, está completa.
No solamente contiene todos los libros sagrados heredados del pueblo
de Israel, sino que también incluye en su segunda parte la
Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios, que con su vida trajo
la salvación a todos los hombres. Por eso ella contiene toda
la doctrina necesaria para que el hombre viva una vida con sentido.
Millones de personas a lo largo de los siglos han buscado en ella
consuelo para sus tristezas, luz para sus problemas, paz para su
ansie-dad. Y cada vez hay más gente que medita la Escritura,
para procurar vi-vir de acuerdo con ella. Especialmente en épocas
de crisis, la Biblia, por ser Palabra de Dios, constituye un apoyo
firme y seguro para soste-ner la vida de quien se tambalea y se
siente inseguro. Cuando leemos las vidas de Abraham, de Moisés,
de David, de Job, vemos cómo, más allá de su
historicidad, estos personajes tuvieron que enfrentar situaciones
lí-mites, y a pesar de todo salieron victoriosos de sus dificultades,
gra-cias a la fuerza extra que da la fe en Dios. Entonces comprendemos
que también nosotros, con ayuda de este Libro, y con la fuerza
que procede de Jesucristo, podemos repetir sus exitosas experiencias
en nuestras dé-biles vidas.
A la Biblia no le falta ninguna obra. Ella tiene el poder, la fuer-za,
el vigor, la energía capaz de transformar a cualquier persona.
Lo único que le falta es que creamos en ella, y empecemos
a vivir sus enseñanzas.
* Sacerdote, Doctor
en Teología Bíblica, Profesor de Teología en
la Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina)